Sergio Fajardo
No tengo duda. La corrupción es una empresa criminal tanto o más difícil de combatir que las mismas bandas criminales o la guerrilla. El espacio natural que le permite a la corrupción existir y multiplicarse es la oscuridad. No es casualidad que el principal antídoto para combatirla sea la transparencia.
Los corruptos saben cómo construir la oscuridad. La principal puerta de entrada es la política: las decisiones más importantes de una sociedad las toman los políticos. Por eso, en las campañas electorales se movilizan todos los intereses de las fuerzas de la ilegalidad, en el mundo de la oscuridad, cada día con más peso, y pesos. En el pasado están las épocas de “la corrupción en sus justas proporciones” donde se consideraba la corrupción como un mal menor asociado con el clientelismo o manzanillismo Es importante señalar que la irrupción del narcotráfico ha significado entre otras cosas que muchas actividades de nuestra sociedad se conviertan en verdaderas empresas criminales. En particular la política es un gran objetivo. La parapolítica no es un accidente y, sospecho, que son muchos los capítulos que no conocemos y posiblemente nos quedaremos sin conocer. Una vez en el poder, las deudas y los compromisos se pagan. No hay salida y los métodos coercitivos son bien conocidos. Así los recursos públicos se convierten en riquezas criminales, muchas veces con socios de diversas procedencias y con ganancias de acuerdo a su participación “accionaria” en la empresa de la corrupción.
En el manejo de los recursos públicos son muchas las artimañas utilizadas para llevar adelante el proyecto corrupción. El tamaño de los recursos es gigantesco y las actividades asociadas con los procesos de contratación son innumerables. El seguimiento riguroso es complejo y si de manera deliberada se crea el desorden, la posibilidad de ver a través de una maraña sin fin de pasos y procedimientos, se hace más complicada. Es la oscuridad: todo parece legal.
Los organismos de control por supuesto están sujetos a la presión corruptora y en esa galaxia gigantesca, las posibilidades de éxito son limitadas. Los corruptos parten de un principio que creen universal “toda persona tiene precio, simplemente hay que saber encontrárselo”. Sin duda que muchas lo tienen, pero el hecho extraordinario, por fortuna, y Colombia es testimonio conmovedor, es que en esos organismos hay muchas más personas que no tienen precio y que a pesar de las dificultades que enfrentan a diario se sostienen frente al poder corruptor que, sin problema alguno, ha combinado y combina todas las formas de lucha, incluyendo la violencia física como mecanismo extremo, apoyados por los brutales socios de su empresa.
La justicia en Colombia está abrumada. La lucha contra la violencia en todas sus formas y la infinidad de tareas que tienen que cumplir de acuerdo a nuestras leyes, hacen que la corrupción no pueda recibir la atención que se merece. Los corruptos saben que mientras más caos tengamos, más oscuridad tienen y así la posibilidad de ser investigados es reducida. ¿Cuándo, por ejemplo, se hace seguimiento a los dineros de esas cadenas de la corrupción?. El caso de Bogotá es emblemático. ¿Cuánto tiempo llevan las investigaciones, con toda la capacidad de la Fiscalía, con todos los medios de comunicación atentos, con las consecuencias de la corrupción visibles en las calles?. Imagínense qué puede pasar en cualquier otro lugar de Colombia, con medios limitados y la fuerza de la ilegalidad al acecho por todos lados.
La tarea es larga y compleja. Las raíces de la corrupción han penetrado muy profundo y en muchos espacios de nuestra sociedad. Tiene poder y saben cómo usarlo. Los corruptos son maestros de las máscaras, tienen infiltrados por todos lados, se mueven a la perfección en las tinieblas. Tenemos que poner todos los reflectores de la legalidad sobre los cuartos oscuros donde se esconden. Encandilados reaccionan con rabia y son capaces de cualquier cosa, pero tienen que salir de sus escondites.






































